Excepción No. 2: LA PEQUEÑA MUERTE

Hay infinidad de formas de llegar a ella: desde un simple autoservicio, hasta entregarlo todo, y comprometerse -con el alma y con ella-, para poder morir juntos.
Dice la teoría, reforzada por la historia -y por mi pobre experiencia-, que los hombres siempre llegan y nunca fingen. Y aunque puede ser cierto, definitivamente tiene que haber polvos con más ganas o con menos ganas, pequeñas muertes que de verdad se sientan como eso: como que se te va la vida en ello, quedando libre, deshecho, sensible e ido. Y seguramente hay otras con las que apenas te liberas de una pequeña carga, pero con un sinsabor de que algo falta: esa pérdida real de entregarlo todo.
No sé si a todos les pasa -sé que a algunos sí-: que verla a ella -su mujer- gimiendo, mordiéndose los labios, disfrutando mojada, y a punto de no soportar más, definitivamente contribuye al placer de ellos, a que quieran más, y por ende, a que se contengan, para poder darle más y tenerla así: sufriendo y pidiendo por más, hasta que el deseo y la necesidad se hacen tan fuertes, y tan urgentes, que se dejan ir, o mejor venir, para morir ahí dentro, entre su vientre -y para verla morirse, también, entre sus brazos-: al final, verla sonreír, agradecida, liberada, tranquila -mientras se siente igual-.

No sé yo si se consigan buenos polvos o una buena venida, pensando solo en uno, o buscando saciar solo la necesidad de uno. Lo que sí sé es que el deseo se hace más fuerte, y el gozo es mayor, cuando, buscando su pequeña muerte, él hace que ella fluya y se libere de su necesidad.

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